domingo, 30 de abril de 2017

El regreso I. Fernando Sánchez Clelo.

Después de todas las tribulaciones vividas durante los últimos años, Ulises se siente cada vez más cerca de Penélope. Mira nostálgico el paisaje con lágrimas en los ojos, está feliz y no puede contenerse.
Ítaca... ¡Ítaca! ―grita conmovido.
Esto no es Ítaca, señor ―le dice un hombre desde una carreta.
¿Qué lugar es este? ―pregunta alterado.
¡Esto es Comala señor, Comala! ―contesta el arriero Abundio mientras se aleja.
Ulises, desconsolado, comprende que una nueva odisea está por comenzar.

 

sábado, 29 de abril de 2017

Rénuka. Fernando Iwasaki.

Vengo de ver al monstruo y sólo quiero lavarme las manos, sacudirme sus pelos desflecados como telas de araña y quitarme esta ropa que apesta a orines. No aguanto la visión de su madriguera: la ropa maloliente, los cuajarones que gotean por su cuerpo y esa cama hecha de periódicos arrugados que sugieren una forma vagamente humana. A veces estornuda y me arrasa un olor infecto, como el que impregna las sobras que deja en los cuencos donde le sirvo la comida. Odio escuchar su respiración arenosa, cómo sorbe desesperada los líquidos y el roznido que hace con las encías al masticar. Pero lo peor es enfrentarme a su mirada anfibia justo antes de salir, tener que acariciarle la frente escamosa, soportar el lamido agónico de su despedida y decirle adiós, mamá, hasta la próxima semana.

miércoles, 26 de abril de 2017

Las cárceles más baratas del mundo. Eduardo Galeano.

Franco firmaba las sentencias de muerte, cada mañana, mientras desayunaba.
Los que no fueron fusilados, fueron encerrados. Los fusilados cavaban sus propias fosas y los presos construían sus propias cárceles.
Costo de mano de obra, no hubo. Los presos republicanos, que alzaron la célebre prisión de Carabanchel, en Madrid, y muchas más por toda España, trabajaban, nunca menos de doce horas al día, a cambio de un puñado de monedas, casi todas invisibles. Además, recibían otras retribuciones: la satisfacción de contribuir a su propia regeneración política y la reducción de la pena de vivir, porque la tuberculosis se los llevaba más temprano.
Durante años y años, miles y miles de delincuentes, culpables de oponer resistencia al golpe militar, no sólo construyeron cárceles. Fueron también obligados a reconstruir pueblos derruidos y a hacer embalses, canales de riego, puertos, aeropuertos, estadios, parques, puentes, carreteras; y tendieron nuevas vías de tren y dejaron los pulmones en las minas de carbón, mercurio, amianto y estaño.
Y empujados a bayonetazos erigieron el monumental Valle de los Caídos, en homenaje a sus verdugos.

 

martes, 25 de abril de 2017

Si en vez de... Fernando Aramburu.

Si en vez del espermatozoide del que provengo, otro de los que participaron en aquella frenética carrera hubiese fecundado el óvulo de mi madre, una persona distinta, acaso con el mismo nombre, habría ocupado mi lugar. A veces, por la noche, cuando reina el silencio, me parece escuchar en torno a mí un coro apenas audible de malévolas risitas.



 

lunes, 24 de abril de 2017

Semillla.Rosana Alonso.

A una de las margaritas del jardín le ha brotado un ojo justo en el centro. Es azul y mira a mamá con descaro. «Qué insolente», dice mamá. No voy a permitir que corte la flor. Sé que aquella muñeca de mi infancia que enterré junto con mis deseos ha germinado al fin.

 

jueves, 20 de abril de 2017

Mutantes. Paloma Casado.

Gabrielito nació el año siguiente de que comenzaran las lluvias. Las llamamos así, “las lluvias” como si tuvieran algo que ver con ese regalo líquido que recibíamos oportunamente del cielo. Comenzaron, y apenas han dejado de golpear la tierra y gorgotear contra el empedrado. Mirábamos hacia arriba esperando una tregua, hasta que nos resignamos a no ver más allá de nosotros mismos. Todo es gris, y solo el resplandor de algún rayo nos devuelve, por unos instantes, los colores casi olvidados del mundo.
Los campos se han convertido en lagos improductivos y las calles han sido tomadas por diferentes anfibios. Nuestra civilización se resquebraja.
A Gabrielito lo queremos a pesar de su piel lampiña y fría, quizá por ser el único niño nacido en el pueblo desde los aguaceros. Solo él disfruta fuera empapándose y boqueando hacia el cielo como si no quisiera perderse ni una de las gotas que caen.
Han comenzado a llegar, desde otros pueblos, niños similares a él. Juegan juntos en el fango y devoran los insectos, renacuajos y pececillos que encuentran. Los contemplamos hambrientos desde las ventanas, ahora que se han acabado nuestras provisiones.

Esta noche te cuento. Marzo, 2012.

miércoles, 19 de abril de 2017

El chiquitín. Luigi Malerba.

A través de las paredes acolchadas llegaban ruidos, regañinas, lamentos y alguna que otra carcajada. Las paredes amortiguaban los ruidos, las aguas los reflejaban y creaban alegres efectos de eco en los que aparecían vocales, sílabas, silbidos, consonantes simples y dobles, diptongos, balbuceos, gorjeos y otros sonidos. El chiquitín estaba allí acurrucado al calor y dormitaba de la mañana a la noche sin preocupaciones, sin problemas. No sólo no se consideraba preparado para salir al mundo, sino que, por el contrario, había decidido que permanecería en su refugio el mayor tiempo posible.
Las noticias que llegaban de fuera no eran nada buenas: frío en las casas porque faltaba el gas-oil, muchas horas a oscuras porque faltaba la electricidad, largas caminatas porque faltaba la gasolina. También faltaba la carne, el papel, el cáñamo, el carbón; faltaba la lana, la leche, el trabajo, la leña; faltaba el pan, la paz, la nata, la pasta; faltaba la sal, el jabón, el sueño, el salami. En resumen, faltaba casi todo e incluso un poco más. El chiquitín no tenía ningunas ganas de salir y de encontrarse en un mundo en el que solamente abundaba la catástrofe y el hambre, la especulación y los disparates, las tasas y las toses, las estafas y las contiendas, la censura y la impostura, la burocracia y la melancolía, el trabajo negro y las muertes blancas, las Brigadas Rojas y las tramas negras.
¿Quién va a obligarme a entrar en un mundo así? -se dijo el chiquitín-. Yo de aquí no me muevo, estoy muy a gusto, nado un rato, me doy la vuelta de vez en cuando y luego me adormezco. Hasta que no cambien las cosas yo de aquí no me muevo”, se dijo para sí. Pero no sabía que no era él quien debía decidir.
Un día, mientras estaba dormitando como de costumbre, oyó un gran gorgoteo, extraños movimientos y crujidos, después un motor que silbaba, una sirena que pitaba, una voz que se quejaba. ¿Qué estaba ocurriendo? El chiquitín se acurrucó en su refugio, intentó agarrarse a las paredes porque notaba que se escurría hacia abajo y no tenía ningunas ganas de ir a un lugar del que había oído cosas tan terribles. Intentaba estar quieto y, en cambio, se movía, resbalaba. De repente notó que una mano robusta le cogía de los pies y tiraba, tiraba. Al llegar a cierto punto ya no entendió nada más; se encontró bajo una luz deslumbrante y tuvo que cerrar los ojos. Movió los brazos como para nadar, pero a su alrededor estaba el vacío, el aire, la nada, sólo dos manos que le sujetaban con fuerza por los pies, con la cabeza hacia abajo.
Pero ¿qué quieren de mí? -se preguntó el chiquitín-. ¡Qué maleducados! ¡Me tienen cogido como un pollo!”. De pronto le dieron dos azotes en el trasero desnudo. “Pero ¿qué mal os he hecho? ¿Por qué os metéis conmigo?”. Se puso a gritar con todas sus fuerzas. Quería protestar, aclarar la situación, contestar, criticar, pero de su boca sólo salieron dos vocales y dos signos de admiración. A su alrededor oyó voces de gente que parecía contenta, quién sabe por qué. Él, no, no estaba nada, nada, nada contento.